martes, 19 de febrero de 2019

El brutal imperio de las masas


Hace ya algún tiempo que me rendí a las evidencias más absolutas y comprendí, o al menos intuí, que los ensayos de Ortega, que andan cerca de contar con casi un siglo de vida, están hoy tan vivos como el primer día. Así que, armado con esa intuición, he comenzado a repasar los textos orteguianos con la intención de reafirmar que esa pequeña idea que había comenzado a crecer en mi cabeza tenía sentido; que la filosofía de Ortega sigue viva hoy.

Tomé de nuevo en mis manos La rebelión de las masas, probablemente su texto más famoso, y comencé a hacer una lectura más pausada, más crítica y analítica, al menos desde mi capacidad e inevitable subjetividad. Y es en esta segunda lectura de la obra del maestro en la que, poco a poco, me doy dando cuenta de que aquella breve intuición no parecía andar tan desencaminada.

“Vivimos bajo el brutal imperio de las masas”. Así, con tal crudeza, se expresa Ortega en su texto. Y esta crudeza lo es aún más si se tiene en cuenta que, cuando se leen estas palabras, el lector viene de haber asimilado lo que para Ortega es la masa. Esbozo aquí algunas de las características de esa masa:

“La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas […] Masa es el hombre medio”.

“[…] Es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico.”


“Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia.”

Esta última definición de masa es, al menos para mí, especialmente esclarecedora. Y lo es más cuando, un poco después, Ortega expresa:

“Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.”

Ese “ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección”, tan característico de la masa, es una actitud que, como norma general, detecto, con no poca tristeza, a mi alrededor. Ya no es que la masa no sepa, sino que no quiere saber. La ausencia de conocimiento sobre algo no es un problema tan grave como el hecho de que nos de igual, de que no nos importe en absoluto ese conocimiento. Y más doloroso aún es comprender que esa ausencia de conocimiento no atañe exclusivamente a asuntos baladíes, sino a temas científicos, literarios e incluso de cierto calado histórico que, indudablemente, afectan a nuestra época actual.

Vengo, desde hace tiempo, observando estupefacto cómo muchas veces, cuando cuento que además de trabajar me gusta seguir estudiando, me preguntan que para qué estudio. A veces, incluso, detecto cierta sonrisa en la boca del otro, como si el que estuviera loco fuera yo por estudiar y, desde luego, no el otro por no querer seguir aprendiendo.

Y lo mismo detecto cuando se habla de literatura, de libros o del hecho de leer en general. Es mejor, escucho anonadado, hacer cualquier otra cosa que leer.

Esa ausencia total de ganas de mejora es la que nos convierte en masa; la que nos aboca de forma definitiva, a la ignorancia; nos lleva a ser engañados por un sistema diseñado, sin duda, para que esa masa, carente de crítica intelectual fundada, siga viva. Y es que no debemos nunca olvidar máxima orteguiana: “vivimos bajo el brutal imperio de las masas”. Y esto, si bien no quiere decir que sea la masa la que directamente gobierna, sí implica que es la masa la que impone cómo se debe gobernar. Porque el gobierno nace para gobernar y vive para mantenerse en ese lugar de privilegio. Y, evidentemente, la única forma de mantenerse es contentando a la masa (¿ignorante?).

Este es, sin duda, desde mi punto de vista, el cruel significado de la afirmación de Ortega. Y desde ese punto de vista, es posible que el maestro tuviera razón y que vivamos, tristemente, bajo el brutal imperio de las masas. Se aproximan tiempos interesantes en España. Ya veremos.




viernes, 1 de febrero de 2019

Empezar un blog


Si empezar un texto, romper el blanco de la página y llenarla de letras con sentido o sentidas, al menos en el momento de ser escritas, es una tarea complicada, imaginad la dificultad de empezar un proyecto de mayor envergadura: una novela, un conjunto de relatos o de poemas, un blog…

Pues en esta circunstancia me encuentro yo, en la de empezar un blog y tratar de darle, en la medida de lo posible, cierta continuidad. No es, ni de lejos, el primer blog que comienzo. Y no tengo ni idea de cuánto durará esta aventura, ni si será la última o simplemente una más. Qué más da. En realidad eso no importa. Ya veremos dónde llegamos y lo que nos depara el destino a mí y a este blog de pacotilla que hoy inauguro.

Empezar un blog en un tiempo en el que lo premiado es la comunicación rápida, la lectura breve, la ingesta desmedida de tuits y retuits, de textos cortos, microtextos que no nos obliguen a prestar atención más de unos segundos antes de saltar al siguiente tema, al siguiente topic, parece ser, desde luego, una aventura abocada al fracaso.

Y en esa circunstancia me encuentro yo. Comenzando un blog que pretende ser un lugar pausado, lento y meditado; donde la opinión se pueda expresar con argumentos, a veces acertados y otras seguro que no, pero sólidos y respaldados por datos, por realidades; donde pueda escribir sobre la amplia e inmensa variedad de asuntos que nos incumben, que nos acechan, nos molestan o, simplemente, nos gustan, pero siempre con la pausa necesaria para meditar antes de rellenar la página en blanco.

Hablaré de política, sí, pero también de actualidad, de literatura, de montaña, de chistes y de asuntos serios, de ciencia y de letras, de humanismo y, si hace falta, de lo humano. Pero siempre desde la tranquilidad, lejos del corsé de 140 caracteres que nos mina, que nos corroe un poquito más cada día, aunque no nos demos cuenta.

Quiero que este blog personal sirva como grito de rebeldía contra la sociedad del ya, del ahora, del consumo rápido de información que tragamos sin digerir y a veces sin plantearnos si es correcta o no, si está respaldada o no, si es sesgada o no. Desde este rincón reclamo nuestra necesidad, que a ratos es ya casi una obligación, de pararnos, de detenernos y analizar la realidad que nos rodea; de utilizar nuestra capacidad crítica para tomar decisiones y para criticar con argumentos meditados; de leer algo más que 140 caracteres o el pie de una foto en Instragram.

Démonos tiempo a nosotros mismos. Que esta sociedad del fast-food y el fast-read no nos convierta en personas fast-think. Necesitamos tiempo para leer despacio, para pensar, para analizar y decidir. De otro modo, otros lo harán por nosotros.

Espero que os guste. Espero encontrar mi hueco entre la vorágine de textos cortos que inundan las pantallas de hoy. Espero saber hacerlo. Espero que todo esto os sirva de algo y, sobre todo, espero que me sirva a mí.

Nos leemos.


El brutal imperio de las masas

Hace ya algún tiempo que me rendí a las evidencias más absolutas y comprendí, o al menos intuí, que los ensayos de Ortega, que andan ce...